Sabiduría de la inseguridad

En el pasado post hablaba de la Seguridad Absoluta y comentaba por un lado que sentía que muchas cosas quedaban por decir y por otro que había encontrado un libro de Alan Watts que me parecía interesante.

Allan Watts

Alan Watts

Pues hoy quiero entrar un poco más en este libro y en las palabras de Alan Watts que siento que si aportan, clarifican y expanden el tema que había presentado anteriormente.

Sabiduria de la inseguridad

Ante la observación del modo de vida de millones de personas en este mundo Watts admite que “nuestro tiempo es una era de frustración, ansiedad, agitación y adicción a los narcóticos”. Y esto lo comenta en el sentido de que nos imposibilitamos la aceptación de la realidad tal y como es, e intentamos de forma incesante dotarla de significado y sentido a través de la búsqueda de placeres inmediatos que a su vez causan una gran agitación porque percibimos que se terminan y hay que buscar otros de inmediato. En lo referente a la adicción, también él va más allá de los narcóticos y termina por considerar la adicción una distracción en cualquiera de sus formas que nos aparta de nosotros mismos y de la realidad y que inevitablemente nos mantiene en la fantasía.

Ante esto se pregunta: “¿qué vamos a hacer?” y contempla tres alternativas:

  1. “…consiste en descubrir un mito o resucitar uno antiguo de un modo convincente. Si la ciencia no puede demostrar que Dios existe, podemos tratar de vivir y actuar como si existiera de verdad”. A lo largo del libro existen muchas referencias a la religión, a Dios, pero creo que llegará el momento, o por lo menos así lo es para mi, en que ese Dios o la misma práctica religiosa, será equiparable a nuestra memoria, nuestras creencias en las que también depositamos un poder sublime.
  2. “…tratar de enfrentarse sombríamente al hecho de que la vida es un cuento contado por un idiota, y obtener de ella lo que podamos, dejando que la ciencia y la tecnología nos sirvan lo mejor que puedan en nuestra travesía de una nada a otra.”
  3. “Podemos abstenernos completamente de intentar creer, tomando la vida tal como es, sin más. Desde este punto de partida hay, no obstante, otra manera de vivir que no requiere ni mito ni desesperación, pero sí una compleja revolución de nuestras formas de pensar y sentir ordinarias, habituales.”

Y sigue. “El error habitual de la práctica religiosa es confundir el símbolo con la realidad, mirar el dedo que señala el camino y luego consolarse chupándolo en ver de seguir la dirección.” En este sentido hace una diferencia importante entre creencia y fe “porque, en la práctica general, la creencia ha llegado a significar un estado mental que es casi opuesto a la fe”. Así “la creencia es la insistencia en que la verdad es lo que uno querría o desearía que fuera. El creyente abrirá su mente a la verdad a condición de que ésta encaje con sus ideas”.”La fe, por su lado, es una apertura sin reservas de la mente a la verdad, sea esta lo que fuere…es una zambullida en lo desconocido.” Por ello considera que “son nuestras creencias, nuestras estimadas ideas preconcebidas de la verdad, que bloquean la apertura mental sin reservas y el corazón de la realidad”. Así que, en el seguimiento del post anterior, empezamos a observar el surgimiento inevitable de contradicciones y paradojas. En realidad están por todos los lados, pero nuestro intento es de crear estructuras rígidas y consistentes que nos permitan tener un entendimiento de la realidad estático. Esto se puede también considerar una forma infantil de estar en la vida. Porque de pequeños, con nuestros recursos limitados de acción y entendimiento, nos aferramos a esas ideas, comportamientos, creencias, actitudes, etc. que sentimos que nos traen seguridad y nos apartan del daño. A esto se llama supervivencia, pero sería bueno cuestionar el hecho de que mantengamos esta misma forma cerrada, limitada y estática de ver la vida, que en su esencia es cambiante y es movimiento.

En este sentido dice el autor que “por la misma ley del esfuerzo invertido, descubrimos lo infinito y lo absoluto, no esforzándonos por escapar del mundo finito y relativo, sino mediante la aceptación más completa de sus limitaciones.” De la misma manera parece que asumimos un contacto más verdadero con nosotros mismos cuando asumimos nuestras propias limitaciones en vez de permanentemente realizar el esfuerzo por intentar ser dioses y diosas.

Watts introduce el término de “suicida parcial” para referirse a esa persona que se aferra a una descripción de si misma y la defiende a lo largo de su vida, entendiendo que “parte de su vida está muerta”. Esto, la psicología Gestalt lo formula a través del término polaridades. Considera la Gestalt que somos un continuo infinito de polaridades y que de todo tenemos. Somos alegría y tristeza, odio y amor, cabeza y cuerpo, sensibles e insensibles, víctimas y verdugos y un largo etc. Así que en el momento en que nos encasillamos en una forma de ser, como en el ejemplo que describe el autor, “el muchacho sensible que aprende en la escuela a encasillarse en el papel del tipo duro. De adulto, y a modo de defensa propia representa el papel del filisteo, para quien toda cultura intelectual y emocional es femenina y propia de apocados.”

Es fácil observar que esta forma de enfrentarnos a la vida, nos garante la supervivencia. Lo ha hecho a lo largo de siglos. Pero parece que desde todos los ámbitos estamos viviendo desde hace algunas décadas por lo menos, un cuestionar las formas existentes, como si internamente tuviésemos la fe de que algo más completo existe. En lo individual también está claro que más y más personas se cuestionan esto mismo, tal vez en busca de una verdadera libertad, tal vez por el elevado coste que el encasillamiento tiene en nuestra vida y salud, tal vez porque internamente nos damos cuenta de la mentira que nos contamos cada día y buscamos eso que es más completo.

“Esforzarse por la exclusión es esforzarse contra la vida” y sin duda, lo que ganamos al excluir lo que no consideramos correcto o perteneciente a esa definición de nosotros mismos, es un continuo conflicto interno ya que en este juego intentamos excluirnos de nosotros mismos, cortarnos por la mitad, castrarnos y convertirnos en “suicidas parciales”. Dice Alan Watts que “cuando dejamos de ver que nuestra vida es cambio, nos enfrentamos a nosotros mismos y nos volvemos como Ouroboros, la serpiente desorientada, que trata de morderse su propia cola. Ouroboros es el símbolo perenne de todos los círculos viciosos, de todo intento de dividir nuestro ser y hacer que una parte conquiste a la otra.”

ouroboros

“Resistirse al cambio, tratar de aferrarse a la vida, es, pues, como retener el aliento: si persistes, te matas.”

Y esto el autor lo considera un tema de sensibilidad. “No cabe duda de que el cerebro humano sensible”, mucho más que los animales sobretodo en el sentido de la percepción de la vida, del reconocimiento del pasado y las expectativas y predicciones del futuro, “incrementa en grado inconmensurable la riqueza de la vida. Pero esto lo pagamos caro, porque el aumento de sensibilidad en general nos hace especialmente vulnerables.” Y este siento que es un gran tema en terapia, la gran resistencia a la vulnerabilidad, a la sensibilidad porque consideramos que es algo negativo, algo que nos pone en peligro de ser dañados. Creo que tener esta visión acarrea dificultades. De alguna manera el permitirnos ser vulnerables nos expone sobretodo a la inmensidad de la vida y en esta existe tanto el placer como el dolor. De este nos defendemos por la angustia que provoca “volviéndonos menos sensibles, pétreos, y menos humanos, y así menos capaces de gozo.” Y de esta forma nos negamos un encuentro real con nuestra naturaleza sensible, blanda y frágil. De esta manera resulta comprensible que nos neguemos el encuentro real con otra persona, con toda su inmensidad. Y esto se puede observar cuando negamos la autorregulación de un niño llorando o enfadado y rápidamente intentamos sacarlo de ahí, no tanto por protegerlo, sino más bien por protegernos del encuentro real con nuestra tristeza o rabia.

Dice también Watts en su libro que “Cuanto más se aventura en nuestra experiencia el poder de la conciencia, mayor es el precio que hemos de pagar por su conocimiento”. Porque el mismo hecho de ser consciente no es selectivo, por lo que incluye tanto el placer como el dolor, tanto el propio como el de nuestras relaciones y el del mundo. Así que “es comprensible que a veces nos preguntemos si la vida no ha ido demasiado lejos en esta dirección, si el resultado justifica la molestia y si no sería mejor invertir el curso de la evolución en la otra única dirección posible, hacia atrás, hacia la paz relativa del animal, el vegetal y el mineral”.

Una decisión entre ser un suicida parcial o alguien que tiene una fe inquebrantable de que incluso cuando siente miedo, angustia, fragilidad, ansiedad o dolor, sabe que puede SER. Una fe inquebrantable en que también estos estados más vulnerables son los que la acercan a sentirse completa y ahí, si poder, con toda la certeza de la existencia de una inseguridad ineludible, acercarse a lo divino o lo sagrado, a la inmensidad de la vida en uno mismo.

Hoy paro aquí. Paso a digerir otras tantas ideas de las que está impregnado el libro y seguramente me animaré a compartirlo.

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