Retomarse o no retomarse, esa es la cuestión.

Por circunstancias de la vida, sin que uno se de cuenta, a veces nos dejamos llevar por todo lo que ocurre, lo que necesitan nuestros hijos, lo que ocurre con nuestras parejas, padres, hermanos, con alguna situación de conflicto, de tensión, de agobio. Nos dejamos arrastrar y tantas veces ya ni siquiera nos acordamos de que somos nosotros los que estamos viviendo esa situación. Más difícil se hace retomarse a uno mismo cuando, ante toda la tensión que existe en nuestra vida, nos distraemos de forma a ya ni siquiera querer ver todo eso, como congelando esa parte de nuestra vida y seguir adelante.

agitada vida

Esto mismo es un proceso de adaptación, en parte necesario en algunas situaciones, pero que conlleva también el riesgo de que ese congelamiento se expanda hacia nosotros mismos, enfriando todo, olvidando todo, obviando todo.

Una de las formas más antiguas de observar este mismo proceso y de recuperarnos en toda la agitación es la meditación.

A través de ella nos es posible parar. Hacer un alto en el camino y volver a observar, a sentir, a escuchar, desde ese centro que poseemos todos, único e irrepetible. Retomar este lugar, nuestro por derecho crea una perspectiva mucho más amplia de todo eso que nos ocurre, que nos detiene en nuestro camino.

Retomar este lugar puede que sea la única manera de dar valor a nuestra individualidad y por ende a todas las demás individualidades, tomarnos en cuenta con un sano egoísmo y así poder ver al otro realizando su trayecto con su sano egoísmo.

Si podemos retomar el contacto con nuestro centro, algo ocurre. Tal vez uno se asuste ante tanta libertad. Tal vez uno se haga pequeño ante la ausencia de confusión y claridad en lo que quiere. Un mundo entero se desvela cuando uno puede observar y observarse desde ese centro. Y hay consecuencias en esto porque uno ve por donde quiere ir en su vida pero también ve como a los demás no les gusta esa decisión, uno se da cuenta de aquello que lleva tanto tiempo haciendo, toda una vida quizás, y que ya no vale en este momento. Todo do se convierte en movimiento. Y según las más antiguas tradiciones fue el movimiento el que dio lugar a la vida y también sea este movimiento el que hace que ese paquete congelado al que habíamos catalogado de “no vida” ya no más pueda permanecer sólido. Cuando uno se hace cargo de si mismo desde su centro algo se ablanda y uno puede volver a ser, uno se da cuenta de todas las posibilidades que se estaba negando, obligándose a la ceguera para seguir responsabilizando de todo a su gobierno, a su madre o padre, a su jefe y a su Dios.

Cuando uno se puede retomar desde su centro, se da cuenta de que todos ellos están presentes, influyen pero no son decisivos. Uno se da cuenta de que tiene poder, un poder sano de hacer con su vida una bella obra de arte, de crear su vida, de mirar toda la agitación desde un lugar bien asentado, inquebrantable. Desde un lugar de esperanza donde la ilusión y el instinto dejan de ser cosas de niños y pasan a ser combustible de adultos.

Os dejo con una meditación de Claudio Naranjo. Un momento para parar, observar, sentir y escuchar.

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