Desencuentros y reencuentros

Cuantas veces nos quedamos sin saber a donde ir o cómo hacer. Y que difícil es estar en el no saber. Difícil porque inevitablemente entramos en un terreno sin ser poseedores del control que tanta seguridad da (y tanta ceguera produce).

el cielo siempre está

No es que esté en contra del control, ni siquiera en contra de la ceguera. Más bien estoy a favor del buen uso de cada una, como herramientas. Y a nadie se le ocurre romper una pared con un pañuelo de seda. Cada uno, el martillo y el pañuelo sirven para lo que sirven, si los utilizamos sin atención al verdadero uso y utilidad que tienen (aunque puedan ser muchos) terminaremos frustrados, pues aquella pared no se romperá.

Lo mismo ocurre con el control. Sirve, es válido y útil para determinadas cosas, para realizar determinadas tareas pero bastante inútil cuando queremos que el control lo controle todo. Cuando es así creo que se produce un desencuentro existencial con la realidad de uno y se queda a merced de ideas más o menos tóxicas que tenemos dentro de nosotros y que no sirven realmente para nuestro propósito.

Y ¿cuál es nuestro propósito?

Pues es difícil sino imposible saber cuál es si no nos damos tiempo para una escucha atenta de lo que nos hace falta o de lo que nos sobra. Esto es lo que permite realmente que podamos hacernos caso y, así, dirigirnos hacia donde necesitamos, con un impulso verdadero que nos guía desde dentro.

Es algo común que un paciente comente que le parece que alguien está viviendo la vida por él o ella. Y también es común que alguien se de cuenta de que no ha vivido en los últimos 10 o 20 años de su vida. Vivir en la fantasía y vivir en la realidad implica vivir en o con el dolor. La diferencia crucial es que vivir en la fantasía, en la inconsciencia de uno mismo, de lo que le rodea y como le afecta, puede parecer más fácil. Yo así lo creía. Pero vivir en la fantasía implica también una actitud de escape, de huida de lo que somos, de lo que queremos, sentimos o deseamos. Y solo se puede escapar de algo así porque existe un dolor que de alguna manera sentimos que no somos capaces de ver o tolerar. Por su parte, vivir en la realidad implica un compromiso de uno para estar con lo que hay, con ver claramente lo que se tiene delante, lo que nos empuja y lo que nos frena, lo que nos emociona y lo que resulta frío. Aquí también viene en el pack el contacto inevitable con el dolor. Y no es fácil hacerlo, no es un lugar agradable cuando uno se da de frente con su realidad. Pero al revés de la fantasía, vivir en la realidad es posiblemente el único camino que existe en este mundo para trasmutar ese dolor, para cuidarnos mientras estamos doloridos. Es la forma de poder iniciar un camino en el que vamos a nuestro favor y no en nuestra contra.

Es posiblemente la única forma en este mundo de poder reencontrarnos con nosotros mismos, darnos la mano y caminar atentos a cada paso. Es la forma de volver a encontrarnos con los demás y poder verlos de verdad como personas que son, no como ideas que proyectamos.

En esto tampoco hay culpables…nadie es culpable. Todos venimos de lo mismo, de un acomodamiento a nuestro medio desde temprana edad que implicó firmar un contrato de desencuentro con nosotros mismos, con nuestra espontaneidad, con nuestra fluidez. Nos separamos de esto por sobrevivir, por tirar para adelante y si estás leyendo esto es que lo has conseguido. Ahora, una pregunta que me hago es: ¿He conseguido sobrevivir a costa de qué? Como mínimo a costa de olvidarme de mi, a costa de no atenderme realmente y ser en función de lo que era aceptable y lo que no.

Podría llamar a esto el desencuentro primordial. Pero a partir del momento en que uno se da cuenta de este desencuentro solo queda la responsabilidad de uno mismo de buscar el reencuentro. Y esto es una decisión que uno puede o no tomar, pero una decisión que, si se toma, será a costa de dejar de contaminarnos continuamente, a costa de retomar nuestra fuerza, ilusión y respeto. A costa de reencontrarme conmigo y crecer rellenando mi vida con vida.

La buena noticia es que es posible. Es posible transitar este camino de forma segura y acompañado para llegar a buen puerto. Para ser. Para ver. Para escuchar y sentir. Para darnos y para dar.

Es posible asumir este dolor, que todos compartimos de una u otra manera, y hacer de él un impulso para dirigirnos a eso que realmente queremos, dirigirnos a ese espacio donde la paz se respira, y donde podemos sentir que el dolor hace parte de nuestra realidad y que aun así podemos seguir adelante sin escaparnos de nosotros mismos y cuidando todo lo que necesitamos cuidar.

Muchas veces pongo el ejemplo de que haríamos si viésemos a un niño llorando. ¿Le daríamos la espalada? ¿Le pegaríamos una patada? ¿Lo encerraríamos en una habitación oscura? Me responden que obviamente que no, que más bien lo acogeríamos y cuidaríamos. Pero también parece que la tolerancia se nos agota de adultos y nos es más fácil darnos la espalda cuando sufrimos. Y no deja de sorprender la ceguera que tenemos hacia este acto agresivo hacia nosotros mismos que causa más y más sufrimiento.

Es sin duda posible revertir este proceso. Lo se por lo que aprendí, por mi proceso, por los procesos de las personas que acompaño. Cuando nos comprometemos a crear una vida más verdadera, se abre todo un mundo de posibilidades ante nosotros.

Cómo decía Ramón Resino “Sal ahí fuera y haz lo que tengas que hacer, despacio, fuerte y tranquilo.”

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